Ceniza suicida


Una calada mal dada que se atraganta en la garganta y no te deja respirar hasta que toses el humo restante. Es la mejor definición que puedo dar a lo que nos pasó. Te recuerdo a ti en el balcón de mi casa encendiéndote un cigarro mal hecho con el tabaco seco que queda en el fondo del paquete, abandonado hasta que alguien nota que el mono es demasiado grande como para no aprovechar los restos.
 Recuerdo el sonido del tabaco encendiéndose lentamente a la vez que tus labios envolvían una boquilla hecha a mano a la que reconozco que le cogí cierta envidia. Me fijé mejor en tu perfil, perdido en la oscuridad de la noche iluminado solo por el mismo faro que retenías en tu boca y que se iba consumiendo lentamente, como si no quisiera acabar con la existencia que le daba vida. Un ligero toque en el papel hizo que la poca ceniza de la punta cayera desde el tercer piso hasta el suelo, suavemente y movido por la ligera brisa de las 3 de la mañana. Ese casi imperceptible toque con el mismo dedo índice con el que recorrías mi espalda con total suavidad para acabar en mi cuello.
-Curioso -pensé. Esa ceniza representaba perfectamente lo que habías hecho conmigo: me habías liado, movido entre tus dedos, encendido hasta que la llama había calado tan hondo en mi que ya empezaba a consumirme lentamente, sin siquiera darme cuenta de que, precisamente lo que me había dado vida, me estaba matando. Finalmente me diste una pequeña sacudida y dejaste que me deshiciera, precipitándome a un vacío oscuro del que aún no he encontrado la manera de salir.
Después de consumirme, y aún con la garganta rasposa de la última calada mal dada, cogiste otro cigarro y sin vacilar ni un solo momento lo encendiste con la misma calma con la que, unos minutos antes, habías dejado que yo me precipitara balcón abajo.

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